Dos caras de poder (indígena): un mismo pueblo

Los movimientos sociales en América Latina y, localmente, el zapatismo, nos plantean dos situaciones contemporáneas de debate respecto de las formas de acceder al Estado y de ejercer el poder. Históricamente, las izquierdas (revolucionarias o reformistas) han apostado a transformar la realidad social mediante la toma del poder del Estado. Frente a esta postura, a finales del siglo XX fueron ganando terreno nuevas elaboraciones teóricas cuya máxima es “cambiar el mundo sin tomar el poder”.

Independientemente del debate suscitado entre ambas construcciones teóricas, creemos que el proceso sociopolítico iniciado en la región triqui, sobre todo a partir de la constitución del municipio autónomo de San Juan Copala (MASC), resulta ilustrativo de estas dos caras de poder que al conjugarse en un pueblo indígena hace que el debate sea aún más interesante.

Como respuesta a la escalada de violencia y represión sistemática contra el pueblo triqui a finales de los años setenta, en noviembre de 1981 se formó el Movimiento de Unificación y Lucha Triqui (MULT). Una década después, con saldo de más de 300 muertos y desaparecidos, el MULT alcanzó su más alto desarrollo organizativo entre 1995 y 2000. Para principios de la presente década ya formaba una verdadera fuerza contrahegemónica regional, que lo mismo trastocó los cimientos sociopolíticos de las sociedades mestizas aledañas que reivindicó la cultura propia, al tiempo que verificaba la capacidad del movimiento indígena para conducir procesos de transformación social.

En agosto de 2003 el MULT optó por acceder a la estructura estatal mediante la formación del Partido de Unidad Popular (PUP). Este hecho, por sí mismo, no está alejado de la realidad latinoamericana, donde los movimientos sociales, particularmente los indígenas, han apostado a esta vía. Incluso, la formación del PUP es plausible desde el punto de vista estrictamente democrático, al ser el primer partido indígena que se constituye en nuestro país. Sin embargo, el desarrollo que siguió a la formación del PUP deja mucho que desear. Entre estas deficiencias tenemos el rompimiento de la relación orgánica entre los dirigentes del partido y la base social o las comunidades, y la nula propuesta de reformas legislativas, por mencionar sólo dos ejemplos.

Además, puso en evidencia la difícil asimilación de conducción de movimientos sociales de gran dimensión por parte del movimiento indígena, sin previos conocimientos de procesos de transformación social, contrario a lo que ocurre en los países sudamericanos.

Todo ello condujo a la escisión del MULT y posterior formación del MULTI y el denominado MASC en enero de 2007. El municipio autónomo tiene antecedentes inmediatos en la coyuntura política que dejó la movilización de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca de finales de 1996. Congruente con la decisión adoptada por el zapatismo, mediante las juntas de buen gobierno después de las contrarreformas constitucionales de agosto de 2001, la dirigencia del MASC parece decidida a llevar a la praxis la máxima de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, a no ser que aún no cuenta con un proyecto acabado sobre autonomía y sigue apelando, en el discurso y en los hechos, a la relación con el Estado. Situación que si bien es cierto aleja al MASC del tipo de autonomía planteada por el zapatismo, refleja la necesaria relación con el Estado mientras éste subsista.

Así, el curso que ha seguido la organización política del pueblo triqui, con todos sus vaivenes, nos alecciona sobre dos posibles rumbos en los que el movimiento indígena nacional puede encaminar su lucha. En primer lugar, la articulación, posicionamiento y alianza de los sujetos sociales indígenas con un movimiento social más amplio y plural, en consecuencia, la aspiración legítima de toma del poder estatal por conducto de alguna agrupación política o, mejor aún, mediante instituciones propias, como las elecciones por usos y costumbres arraigados entre los pueblos, o bien, la construcción de autonomías en cualquiera de sus formas (regional, municipal o desde las comunidades) que, desde el punto de vista político, deriva necesariamente en la descentralización y restructuración del propio Estado.

En el primer caso, se debe tener en cuenta que el partido a construir deberá, ante todo, ser de corte multicultural, lo que implica erradicar la concepción tradicional de partidos de masas practicada por la izquierda mexicana durante décadas.

En el segundo ejemplo, el tipo de autonomía que se construya debe retomar necesariamente el aspecto político que adquirió en el ínter del movimiento zapatista. Es decir, se requiere de un proceso de conformación de autonomías que no menosprecie al Estado en tanto éste todavía rija las relaciones socioeconómicas desatadas por el liberalismo desde la conformación misma de los actuales Estados-nación.

Así, tanto el MULT como el MASC deben hacer un balance de sus procesos políticos que sin querer llaman la atención a más de un movimiento indígena y no indígena.

* Abogado triqui.

TOMADO DE: http://www.jornada.unam.mx/2008/09/07/index.php?section=opinion&article=015a1polV

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